El Club de Pescadores en la Costanera Norte: una joya arquitectónica con historia y resiliencia sobre el Río de la Plata

Quienes transitan a diario la Costanera Norte, en el tramo que pertenece al barrio de Palermo y a la Comuna 14, no pueden dejar de detenerse frente a esa casona de estilo Tudor que se proyecta sobre el Río de la Plata a más de cincuenta metros de la orilla. El Club de Pescadores, con su silueta de entramados de madera oscura, techos a dos aguas y torrecillas, parece una postal europea anclada en plena ribera porteña. Llama la atención precisamente porque Buenos Aires se construyó históricamente de espaldas al río: la ciudad miró siempre hacia adentro y la costa quedó durante décadas como un borde olvidado. En Palermo, sin embargo, esa relación con el agua encuentra en este edificio uno de sus símbolos más potentes y persistentes.

La historia del Club arranca el 3 de agosto de 1903, cuando un grupo de pescadores aficionados decidió levantar una precaria casilla en el viejo Muelle de los Franceses. Aquella estructura de madera, de unas diez cuadras de largo, era una prolongación de la actual calle Ayacucho y había sido utilizada por empresas carboneras francesas para descargar su mercadería directamente sobre vagones del ferrocarril que se deslizaban hacia la Estación Retiro. Cuando cesó la actividad comercial, el muelle quedó en abandono y deterioro. Los pescadores, autorizados por las autoridades nacionales, lo repararon con sus propias manos: tablones, restos de material ferroviario y mucho esfuerzo comunitario. Allí nació la primera entidad de pesca deportiva de América Latina. Entre los pioneros figuraban nombres como Mazzini, Almanza, Grande, Benavídez, Marré, Quirno y Ayerza, varios de los cuales llegarían a presidir la institución.

El 10 de agosto de 1905 una sudestada descomunal arrancó de raíz los pilotes del Muelle de los Franceses y se lo llevó para siempre. El desaliento cundió, pero la tenacidad de los socios impidió que el proyecto se disolviera. Durante años pescaron donde pudieron —primero en la Dársena Norte, con permisos precarios gestionados ante presidentes como Figueroa Alcorta— hasta que, en la década del veinte, se abrió la posibilidad de instalarse en la naciente Costanera Norte. En 1928 el presidente Marcelo T. de Alvear firmó el decreto que otorgó la concesión en el punto exacto donde la avenida Sarmiento desemboca en el río, en pleno corazón de lo que hoy es el tramo palermitano de la Costanera. El lugar elegía no era casual: quedaba a poca distancia de Plaza Italia, eje histórico de Palermo, y permitía un acceso relativamente directo desde el barrio.

El ingeniero José N. Quartino —asesor técnico honorario del Club y exsecretario de Obras Públicas— recibió una sola premisa clara: construir no solo un edificio funcional, sino una verdadera joya arquitectónica, un orgullo para Buenos Aires y algo excepcional en el mundo. Los planos se presentaron en 1928. El 26 de octubre de 1930 se inauguró el nuevo muelle de hormigón armado, de poco más de quinientos metros de longitud, con pilotes de quebracho y una amplia plataforma. Para facilitar el traslado de los socios, el propio Club organizó un servicio de colectivo que partía desde Plaza Italia, parada emblemática del barrio, hasta la puerta del muelle. La vida social se intensificó de inmediato.

El 16 de enero de 1937, con la presencia del entonces presidente Agustín P. Justo, se inauguró oficialmente el edificio social actual, ya terminado, amueblado y decorado. El estilo elegido fue el pintoresquista inglés de inspiración Tudor: muros blancos, entramados oscuros, ventanas con vitrales y una silueta que recuerda un pequeño castillo europeo suspendido sobre el agua. Todo se financió con el esfuerzo exclusivo de los asociados —un empréstito interno obligatorio, aumento de cuotas y aportes extraordinarios— sin créditos del Estado. En su interior se albergaron colecciones, trofeos, una biblioteca, un piano y, más adelante, el primer Museo Ictiológico y Biológico del Río de la Plata, junto a un acuario y un mareógrafo de la Armada.

Desde entonces el edificio resistió sudestadas, crisis y transformaciones urbanas. Ninguna tempestad logró derribarlo. La resiliencia de sus miembros lo fue consolidando década tras década. En 1939 la agencia Reuters instaló en su torre una antena receptora de noticias internacionales. Fue allí, según testimonios de socios, donde se conoció por primera vez en el país el final de la Segunda Guerra Mundial: el operador recibió el mensaje, bajó a avisar y la noticia se difundió entre los presentes antes de llegar a cualquier otra redacción porteña. Ese dato de color resume el lugar singular que el Club ocupó siempre en la vida de la ciudad.

El 11 de junio de 2001, por Decreto 766/01, el edificio fue declarado Monumento Histórico Nacional. La Nación reconoció así su valor patrimonial y consolidó su permanencia definitiva en la ribera del Plata. Hoy el Club de Pescadores sigue siendo un hito de Palermo: se lo ve desde la Costanera, desde los aviones que despegan del Aeroparque Jorge Newbery y desde los balcones más altos del barrio. Su himno lo define con precisión: “un deporte que es de reyes y pastores”. Esa alianza entre distintas clases sociales generó la fuerza de la unión que permitió que la institución sobreviviera más de ciento veinte años. Desde el muelle, mirando hacia el río o hacia la ciudad, el Club saluda cada día a los vecinos de la Comuna 14 con la misma resiliencia con la que nació: una postal viva de Palermo que se niega a dar la espalda al agua.

Nacido en Capital Federal en 1988, licenciado en comercialización. Fundé este medio con el propósito de ofrecer una mirada equilibrada sobre los temas que nos atraviesan como sociedad. Mi enfoque integra el análisis profesional con una búsqueda de sentido realista, priorizando la claridad informativa y rescatando los puntos de encuentro en nuestra realidad cotidiana.